La Pobreza Evangélica

Este tiempo litúrgico del Adviento nos llama a estar atentos a la llegada de Jesús a nuestras vidas, a la vez que clamamos por su llegada “Ven Señor, no tardes”.  Podemos estar clamando su venida pero distraídos en el bullicio de las fiestas y en el atareo de los compromisos propios de la época, así podría llegar y pasar de largo por nuestras vidas.  La Buena Noticia de salvación comunicada por Jesús, el Evangelio, no es una utopía, no es un ideal, es un estilo de vida del que Jesús nos dio ejemplo y como cristianos, seguidores suyos, nos invita a adoptarlo.

Juan el Bautista, uno de los personajes del Adviento nos invita a un profundo cambio de vida: “Dad el fruto que pide la conversión” (Lc 3, 8). Y si le preguntaban: “¿Qué tenemos que hacer?” (Lc 3, 10), respondía: “El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo”.   Ese compartir que plantea Juan el Bautista es un llamado a revisarnos y ver, que tenemos muchas riquezas que poner en común, aunque creamos que no.  Nos vamos llenando y aferrando a bienes materiales: carteras, adornos, ropas, vehículos, casas, propiedades…  A veces vamos acumulando cosas pensando que algún día podrían ser de utilidad, sin pensar que al lado nuestro hay alguien que necesita lo mismo, en este momento.

En la vida religiosa se profesa el voto de pobreza prometiéndole al Señor darle el corazón indiviso a Él.  “Nadie –dice Jesús- puede servir a dos señores”. O se sirve a Dios o se sirve al dinero (cf. Lc 16, 13; Mt 6, 24).

Pero la “Pobreza Evangélica” entendida como modelo de vida, no es limitativa a la vida religiosa, ese estilo de vida en total desapego a los bienes materiales con apertura confiada a la provisión divina, es un llamado que hizo Jesús a todo aquel que deseaba seguirlo, a quienes llamaba le pedía que compartieran su misma pobreza mediante la renuncia a sus bienes, fueran pocos o muchos.   Cuando Pedro le pregunta a Jesús que recibirá por haberlo dejado todo, Él le contesta con una promesa: “Y todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna” (Mt 19, 29).   La invitación es a hacer una renuncia confiada en las promesas de Dios que siempre es fiel y supera nuestras expectativas, estas suelen limitarse a lo material, Dios va más allá y nos da el sentido de eternidad.

Optar por la pobreza no significa vivir en la miseria, el Papa Francisco nos señala: “La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual”.  De manera que estamos llamados a desprendernos de aquello que supera lo suficiente en nuestra vida y así la abundancia de unos alcanzará la necesidad de otros, haciendo practica la pobreza evangélica y construyendo la solidaridad.

Revisemos en este tiempo de Adviento, como podemos dar frutos de conversión según lo indicado por Juan el Bautista, estando dispuestos a testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual.  Vamos a preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza.

Que la generosidad, disposición y entrega de nuestra Madre del Adviento, María Santísima nos ilumine y el Espíritu Santo nos de la fuerza para llevar a la acción el propósito revelado en nuestro corazón hacia la construcción de un mundo más igual para todos.

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