Apego y Desapego

Hace unos días, escuché una joven que compartía su testimonio sobre su experiencia de peregrinación durante la Jornada Mundial de la Juventud 2019 en Panamá.  Ella valoraba positivamente lo aprendido en esa travesía a la que pudo llevar  solo lo imprescindible para el viaje, teniendo que decidir dejar tantas cosas que entendía ella, le harían falta durante esos días y al final pudo vivir sin ellas.

Pensamos que para ser felices necesitamos de muchas cosas y lo cierto es que mientras más libres vivimos de apegos, somos más felices.  Mientras menos dependo de alguien o algo para sentirme bien, más feliz soy.

El apego es definido como el aprecio o la inclinación por algo o alguien, es el vínculo afectivo que primero se desarrolla, y conlleva la búsqueda de seguridad y bienestar, entendido así, no tiene ninguna connotación negativa, pues según las investigaciones realizadas por John Bowlby, considerado como el padre de la teoría del apego, lo define como “la conexión duradera entre los seres humanos”.  Sobre todo en la infancia, desarrollar una relación sólida y saludable con la madre o cuidador primario, se asocia con una alta probabilidad de crear relaciones saludables con otros, mientras que un pobre apego parece estar asociado con problemas emocionales y conductuales a lo largo de la vida.

Esa búsqueda de felicidad y bienestar que conlleva el apego, se puede traspasar al plano material. Es probable que el tener un vehículo del año, poseer ropa de marca o adquirir artículos de última tecnología, se relacionen al prestigio y al estatus.  En otros casos, se podría pensar que la seguridad depende de tener propiedades, recursos o alimentos almacenados en la despensa.  De esta forma la gente se va llenando de cosas que no necesita, que no usa y hasta es posible que en algún momento lleguen a representar problemas en su vida.

A veces nos toca vivir experiencias de “vida o muerte”, como suelo llamarlas, es desprendernos de lo que tenemos y para ello tenemos que ubicarnos en el momento extremo de la muerte, preguntándonos: ¿lo llevaré conmigo cuando me vaya?  Quizás no sea necesario llegar a estos extremos, pero si se hace necesario detenernos y ubicar cada persona, cada cosa en el justo contexto de la necesidad que nos satisface, pues nada ni nadie debe marcar el ritmo de mi vida ni ocupar mi paz interior.

Si das poder sobre tu vida a las cosas y a la gente, le estás dando el lugar que sólo Dios debería ocupar, pues sólo Él es el dador por excelencia y este reconocimiento te lleva a tener un corazón agradecido que te mueve a compartir con otros lo que eres y lo que tienes. A partir de esta experiencia se va viviendo la libertad, la alegría y la paz de hacer lo que te toca hacer para lograr tus metas o alcanzar tus sueños sin aferrarte, sin obsesionarte, sin miedos, sin sufrimiento; de nuevo confiando en Dios y seguro de que en tu vida sólo sucede lo que Él permite y obra para tu bien.

El desapego no es que tú no debas poseer nada ni amar a nadie. Es que nada ni nadie te posea a ti.  Busquemos sanar los miedos y aprehensiones y cultivemos esa paz interior que traspasa todo entendimiento y que nada ni nadie nos podrán quitar.

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