Las Expectativas que nos creamos

En alguna etapa de nuestra vida hemos invertido nuestro tiempo sirviendo a otros, entregando la vida a los demás, cuidando de otros, vigilantes de que los demás tengan todo lo necesario y es posible que hasta nos hayamos olvidado de nosotros mismos y nuestras propias necesidades más básicas. 

Pero llega un momento en la vida, en que ese cuidado, esa atención y ese servicio no son necesarios o no son requeridos, o quizás, ya no estamos en la capacidad de continuar con el ritmo de entrega acostumbrado y es cuando podemos llegar a pensar… ahora me darán el cuidado o la atención evidentemente requeridos por mí. Y sucede que no es así…

O te has acostumbrado a estar tan pendiente de los demás que no eres capaz de ponerte atención a ti mismo, o sucede que los demás se acostumbraron tanto a tu disponibilidad y entrega que llegan a pensar que no necesitas nada, ni a nadie. 

Esta reflexión me lleva en otra línea de pensamiento… y observo cómo viven muchas personas, envueltas en su mundo o en sus asuntos, sin prestar atención a lo que sucede a su alrededor, en su mismo círculo.

Es muy frecuente encontrar personas que no piensan en el otro, que viven para ellos mismos y no alcanzan a percibir la soledad, la enfermedad, la frustración, la necesidad del otro. Es posible que este comportamiento no sea a propósito, quizás ni se dan cuenta del daño y la decepción que causan a los demás, quienes esperaban compartir la vida con otra persona, sobre todo con quienes están a su lado o con quienes se supone que sean más disponibles.

Una persona encerrada en sí mismo (por lo que sea, comodidad, insensibilidad o incapacidad de relacionarse) puede acabar haciendo daño a quienes le rodean, sobre todo a las personas más cercanas, quienes se inquietan por su hermetismo, pues a veces la comunicación es mínima o no se da, no se sabe lo que piensa ni lo que siente y en cualquier momento pudiera sorprender con comportamientos desconocidos o inesperados.

Pero el punto no es cuanto hallamos entregado nuestra vida, o cuanta atención pudiéramos necesitar de parte de los demás, o cuanto vivan los demás encerrados en su “mundito”.  Se trata de las expectativas que nos creamos a partir de nuestra entrega, a partir de nuestras limitaciones y necesidades o a partir de una relación que entendíamos era recíproca.  Si entrego lo que soy y si vivo como soy, sin pretender reciprocidad en esa entrega, entonces no espero nada de nadie y así nadie me defrauda, si no me creo expectativas con relación a la otra persona o determinados acontecimientos, no hay fracaso y su comportamiento no me duele, pues no nos fallan las personas, fallan las expectativas de ellos que nos hemos creado.  Si no tenemos un patrón de comportamiento o esquemas establecidos para los demás, entonces seremos más tolerantes, nos sentiremos menos frustrados y más felices. 

Con frecuencia me repito esta frase que alguna vez me dijeron y marcó mi vida en cuanto a las expectativas que nos creamos: “No esperes nada de nadie, sino de Dios”, pues de Dios recibimos toda dádiva o don y si lo valoramos aprendemos sobre la gratuidad: a amar sin esperar amor, a entregar sin esperar recompensa, a escuchar sin esperar que te escuchen, a construir la paz en medio de la guerra, a dar la vida sin los frutos aparentes, con la seguridad de que el propósito de Dios para nuestras vidas se cumple siempre.  Aquí señalo que debemos hacer la diferencia entre expectativas y propósito u objetivo; se dónde quiero llegar (propósito) pero las variables (expectativas) que intervienen en el trayecto hasta alcanzar el objetivo son muy diversas y no necesariamente funcionarán como yo indique.

Pongamos nuestros planes y proyectos, nuestras necesidades y deseos, solo en las manos de Dios y con la mirada puesta en Él, soltemos toda expectativa, todo “deber ser”, todo control, vivamos cada día en la gratuidad y en el asombro y así aprenderemos a agradecer todo lo que recibimos y disfrutamos en el día presente, ya veremos que será mañana, no limitemos el futuro.

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