El Silencio

Es el estado en el que no hay ningún ruido o no se oye ninguna voz, es también, ausencia de noticias o palabras sobre un asunto, así lo define el diccionario. Pero es casi imposible que en nuestras vidas “no haya ningún ruido”, sobre todo cuando nos empeñamos en llenar el espacio que habitamos con cualquier clase de ruido y encendemos la radio o la televisión o conectamos el computador o algún aparato electrónico con música o cualquier cosa que nos ayude a no sentirnos tan solos, evitando así el encuentro con nosotros mismos, sin saber que el silencio ayuda a nuestra creatividad, nos da profundidad de pensamiento al darnos la oportunidad de ser reflexivos y nos ofrece la oportunidad de conectar con la otra persona cuando nos quiere compartir sus ideas.

El silencio tiene un poder de transformar nuestra conciencia a través de la escucha interna que nos permite conectar con nuestra esencia identificando así los sentimientos esenciales para la convivencia, tales como la compasión, la alegría, la ira, los miedos…

La experiencia del silencio no siempre es agradable, en la mayoría de las ocasiones se torna incómodo, pues no estamos acostumbrados a guardar intensos y profundos silencios, por ejemplo, en un salón ocupado por personas y de momento se produce la ausencia de palabras y más de uno tratará de interrumpir con algún ruido, cruce de miradas, movimientos del cuerpo, pero difícilmente se dispondrán a disfrutar el momento, a relajarse, a interiorizar la experiencia y al diálogo interno.

Es posible que estemos pensando que para hacer silencio interior debemos buscar un lugar libre de ruidos externos. Ese ambiente es el ideal, pero para hacer silencio, muchas veces debemos incorporar los ruidos más que luchar con ellos. Esto lo aprendí a través de una persona que me acompañó en una época, a mejorar mi vida de oración. La mayoría de las veces no está en nuestras manos el poder controlar el ruido externo y mucho menos el interno, pues “la loca de la casa”, como llamaba Santa Teresa de Jesús a la mente, nos lleva de un pensamiento a otro y nos desgastamos queriendo acallarlos, por eso es mejor aceptar esos pensamientos, incorporarlos y dejarlos a un lado, sin dedicarle más tiempo.

Para lograr el silencio interior no es necesario realizar actos heroicos, aunque sabemos que existen las cámaras anecoicas, son recintos aislados de cualquier ruido externo y capaces de absorber las reflexiones producidas por las ondas acústicas al interior y existen en universidades como Harvard y Salford. La idea no es producir ambientes artificiales para lograr lo que debemos obtener como equilibrio del ambiente habitual de nuestra existencia. Lograr el silencio interior va a requerir la práctica sistemática de conductas habituales, incorporar o modificar hábitos y comportamientos, tales como tener momentos sin música o programas de opinión mientras nos trasladamos en el vehículo, llegar a la casa y movernos en nuestro hábitat y ubicarnos sin necesidad de encender el televisor o los dispositivos electrónicos durante un rato, caminar por las calles sin audífonos en los oídos, colocarnos en nuestra cama de forma horizontal y quedarnos mirando el techo sin pensar en nada durante un momento…y así, ir descubriendo espacios y momentos que nos ayuden a conectar con nosotros mismos.

Con la práctica del silencio podemos obtener diversos beneficios; a nivel físico, el silencio nos ayuda a la regeneración de neuronas vitales para la salud del cerebro, además de liberar tensión tanto en el cerebro como en todo el cuerpo. A nivel emocional, nos ayuda a generar empatía y sentimientos de amor hacia uno mismo y hacia los demás.  A nivel espiritual, independientemente de nuestra tradición o esquema para el contacto con Dios, sin silencio no hay escucha, en el silencio podemos consentir la presencia de Dios que llega y su paso nos transforma, sin aparatajes, sin despliegues mágicos, solo es la brisa suave que Elías sintió y se cubrió el rostro porque estaba ante su santa presencia (1RE 19, 12-13).

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