El Orgullo Espiritual

Hace unos días tuve la oportunidad de ver la película “Los Dos Papas” y me llamó la atención una de las reflexiones que compartieron los dos Papas en el diálogo sostenido mientras atravesaban la ciudad del Vaticano caminando en la Capilla Sixtina (que fue replicada en 10 días dentro de los Estudios Cinecitta de Roma), decía el Papa Benedicto XVI al futuro Papa Francisco … “todos padecemos de orgullo espiritual, todos. Solo le diré una cosa, usted debe recordar que usted no es Dios, en Él vivimos, nos movemos y somos, vivimos en Dios, pero no somos Él, somos humanos”.

Esa afirmación de que todos padecemos orgullo espiritual es tan cierta y mientras una persona está más comprometida con un servicio o tiene responsabilidades dentro de algún ministerio dentro de la iglesia, más expuesta está a padecerlo.  El orgullo es una sobrevaloración hacia uno mismo, es creerse superior a los demás o más merecido de determinados privilegios por los méritos que ha alcanzado.  ¿Qué tiene usted que no venga de Dios? ¿Qué puede hacer usted sin la gracia y la fuerza que da su Espíritu?

El orgullo espiritual puede llevarnos a pensar que el mensaje que se escucha, se predica para otros y no para nosotros, negando de esta forma, la oportunidad de que Dios nos sane nos restaure y nos salve, pues si estamos sanos no necesitamos medicina y mucho menos al médico.  No olvidemos que Satanás fue expulsado del paraíso porque su orgullo le llevo a creerse igual a Dios y como toda obra del Espíritu del mal en nuestras vidas, el orgullo se viste de formas sutiles que lo encubren y muchas veces no permite que pueda ser identificado fácilmente.

Para identificar la presencia del orgullo en nuestros corazones debemos mantenernos atentos y en cada actuación examinar la intención de nuestras acciones, veamos si realizamos actos difíciles y loables en sí mismos, pero con intención retorcida. El fariseo se vanagloria de sus limosnas, de sus ayunos y se compara con el publicano, al que considera inferior y le juzga.

Si al hablar de otros usamos palabras de desprecio o juicio, si menospreciamos las luchas de los demás y en cambio sobrevaloramos los esfuerzos que realizamos, es posible que nos esté invadiendo el orgullo, revisemos el trato que damos a los demás, pues como dice el poema Desiderata: “… escucha a los demás, incluso al torpe e ignorante, también ellos tienen su propia historia”.

Debemos cuidarnos de no ser superficiales y honrar solo a las personas que consideramos, según los criterios del mundo, como dignos de honor y mucho peor aún, cuidemos de no relacionarnos con los demás por algún interés marcado, “No te dejes impresionar por su apariencia ni por su estatura, pues yo lo he rechazado. La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón” (1Samuel 16, 7).

El orgullo tiene una gran necesidad de ser visible, de que le pongan atención, necesita reconocimiento, busca la gloria que viene de los hombres y no de Dios, quien nos da y nos quita la gloria según sea necesario para nuestro bien, “Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo” (1 Pedro 5, 6).

El orgullo espiritual ataca cuando crees que has alcanzado fortaleza en la vida de fe, cuando has tenido tus mejores victorias, cuando puedes palpar los frutos de compartir el anuncio de salvación en alguna misión, pero sucede que la gloria de esos resultados no es tuya, es del que te envió a predicar en su Nombre.

Para luchar con la erradicación del orgullo de nuestros corazones, tenemos un arma poderosa, ella es la humildad, la misma implica subordinación y adoración a Dios primero y al prójimo después. No importa carecer de condecoraciones, influencias o prestigio sociales ni honores de cualquier tipo, lo importante es tener nuestra fe y nuestra confianza en el Dios de la gloria. Si vivimos cual Anawin, pobre de Yahvéh, dependiendo de Él para todo lo que hacemos y todo lo que hacemos lo ponemos en sus manos, el gusano de la vanidad, el orgullo y la soberbia no podrá entrar en nuestros corazones porque viviremos conscientes de que somos creaturas pendientes de su creador, “Él dirige en la justicia a los humildes, y les enseña su camino” (Salmo 25, 9).

En verdadera y auténtica humildad reconozcamos nuestra limitación y pidamos perdón por nuestra orgullo, vanidad y soberbia.  Incorporemos en nuestra vida espiritual, espacios para reconocer la grandeza de Dios, para simplemente adorarlo, ensalzarlo y darle gracias por cada detalle que recibimos de Él, hagamos solo pura oración de alabanza y adoración y experimentemos su grandeza y ante ella, nuestra pequeñez.

4 comentarios sobre “El Orgullo Espiritual

  1. Amén, Martha!
    Qué así sea!
    Por intercesión de la Virgen, recibamos la gracia de la humildad, y qué encuentre un corazón abierto a esa libertad de la humildad!

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  2. Así es, Doña Martha. La humildad nos sostiene y no permite que alberguemos en nuestros corazones, ese orgullo espiritual que nos limita y no nos deja crecer como auténticos seres humanos.

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