El Reino de los Cielos está entre Nosotros

El evangelio marcado en la liturgia de estos días nos habla sobre “El Reino de los Cielos” y puede ser que quede en nuestra mente la connotación de que el Reino de los Cielos lo experimentaremos cuando nos llegue la muerte física y no es así.  Jesús nos invita en sus parábolas sobre el Reino de los Cielos a vivir el proyecto de Dios para el mundo, que es el Reino, proyecto que da sentido y objetivo a cada una de nuestras vidas, desde aquí y en el ahora que nos haya tocado vivir.

El Reino de los Cielos representa nuestros más profundos anhelos de felicidad, de paz, de plenitud, esa es la perla preciosa, es el tesoro escondido que debo buscar cada día.  Cuando hablamos de buscar, nos referimos a poner empeño en encontrar, darle rumbo a nuestra búsqueda, no contentarnos con esperar, ni conformarnos con las razones y explicaciones que otros dan.   Buscar implica no instalarse en lo ya adquirido, pues si en mi búsqueda he encontrado el tesoro mas preciado, la perla mas hermosa, voy y vendo todo lo que tengo, de menor valor, para obtener, para comprar lo mas valioso, mi felicidad más auténtica y profunda, esa que Dios mismo ya construyó para mí y mis hermanos en el mundo.

A veces hemos escuchado expresiones, tales como: construir el reino de Dios, edificar el reino de Dios y me pregunto ¿cómo podemos edificar lo que ya está hecho?  El Reino de los Cielos está construido en el amor, el perdón, la justicia, la igualdad, la verdad, la libertad, la alegría, la paz, la entrega que nos enseñó Jesús.

El Reino de los Cielos nos invita a abrirnos a lo nuevo, a preguntarnos, si como lo hemos hecho hasta ahora, no ha funcionado como se esperaba, ¿Por qué no lo hacemos diferente? Nos invita a no conformarnos con respuestas preestablecidas, debemos discernir y pedir sabiduría para no plegarnos a los estereotipos establecidos, la Palabra de Dios nos indica que en el Reino de los Cielos encontraremos “toda clase de peces” pero hay que “sentarse a la orilla a separar los peces buenos y los peces malos”.  Buscar, discernir no es fácil, pero nos anima la promesa de que “quien busca encontrará, y al que llama se le abrirá”.

Si observamos a nuestro alrededor podemos encontrar muchas manifestaciones del Reino de los Cielos entre nosotros: el personal de salud que se entrega en el cuidado de los enfermos, el padre de familia que asume su paternidad con responsabilidad, el sacerdote que se ha contagiado en el ejercicio de su ministerio, el dueño de empresa que actúa más con el corazón que con los criterios  que dictaminan los pronósticos, el hijo que colabora en la atención de la casa para que la madre se pueda dedicar al teletrabajo, los misioneros que anuncian la Buena Nueva de salvación a través de su testimonio y entrega… y así, seguro que a nuestro lado se ha instaurado el Reino de Dios y tal vez no lo hemos percibido.  Nos señala el Evangelio que el Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza o a una medida de levadura, minúsculos organismos vivos que transforman y crecen, así puede habitar entre nosotros el testimonio del Reino de Dios.

Para poder discernir y aprender de Jesús en la búsqueda del Reino de los Cielos es necesario tener espacios dentro de nuestros agitados esquemas de vida y dedicar tiempo a discernir, entrar dentro de nosotros mismos y cuestionarnos, plantearnos vivir de otra manera.  Es necesario revisar nuestros mas profundos deseos, pues son esos anhelos que dan rumbo a nuestra vida.  Debemos estar atentos y revisar si los deseos y necesidades falsas creadas por la maquinaria del consumismo están guiando nuestras vidas, revisemos si los indicadores establecidos para medir el poder, el placer, el poseer y el parecer nos están marcando las pautas de nuestro estilo de vida, estos deseos tienden a dar dirección a nuestra forma de vivir y ahogan nuestros deseos más profundos; para escucharlos debemos apartarnos, hacer silencio y escucharnos internamente.

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